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Fotos del desierto de sonora


Cuando llegamos a Moynaq, una de las ciudades más remotas y desoladas de la República Autónoma de Karakalpakstán (dentro de Uzbekistán), y vimos en el cartel de bienvenida la figura de un pez nos pareció una broma macabra. Aquel fantasmagórico lugar había sido próspero décadas antes cuando se trataba de uno de los puertos principales del Mar de Aral, el cuarto lago más grande de todo el Planeta. Pero tras el que probablemente fuera el mayor desastre ecológico de la Historia, consentido y orquestado, ha quedado batido en la pereza y soledad de un desierto de partículas tóxicas cuya orilla se ha perdido a cientos de kilómetros, siéndole robado el presente y el futuro. El Mar de Aral es apenas un 10% de lo que fue, y lo que queda, absolutamente contaminado, se ha alejado de puertos como Moynaq dejándolos a expensas del olvido y de un vetusto y oxidado cementerio de barcos que ya no tienen razón de ser. El viento no movía olas sino granos de veneno bacteriológico que se colaba en las paredes herrumbrosas de aquellas embarcaciones rodeadas de anacronismo y pesadumbre. Nunca pensé que fuera a quedarme sin palabras…

Barco varado en el Mar de Aral (Uzbekistán)

Uno de los retos de nuestro era pasar del cielo de la Ruta de la Seda a ser testigos del infierno que provocó la falta de ética y sensibilidad del ser humano para permitir que el mundo perdiera uno de sus grandes mares. El Mar de Aral ya no es un mar inmenso y abundante, sino algo perdido en un desierto envenenado y maldito. Y allí estuvimos para verlo con nuestros propios ojos.

¿CÓMO Y POR QUÉ SE SECÓ EL MAR DE ARAL?

Cuando se viaja a Uzbekistán uno ansía visitar lugares como o y meterse en la piel de Marco Polo, Ibn Battuta o el español Ruy González de Clavijo para tocar con los dedos el corazón de la Ruta de la Seda. Pero muy a menudo, tras un escenario histórico glorioso, uno se encuentra viajando con guerras, injusticias sociales y verdaderos asesinatos ecológicos con lugares vitales para el Medio Ambiente no sólo de una región o un país sino de todo el mundo. La historia del Mar de Aral, de la que se habla poco o nada, es la de uno de los mayores atentados que se han perpetrado en contra de la Naturaleza, y en contra de una Sociedad que sólo puede aspirar a emigrar bien lejos porque le han arrebatado el futuro. Trataré de ser lo más explícito y breve posible para hacer comprender cómo se desecó a conciencia un mar interior de 68.000 kilómetros cuadrados, más o menos la extensión de la superficie de un país como Irlanda o la suma de dos Comunidades Autónomas de España juntas como pueden ser Aragón y Valencia.

Mapa del Mar de Aral

“La irrigación hará más que cualquier otra cosa para revitalizar y regenerar la región, enterrando el pasado y haciendo la transición al socialismo más segura”. Vladimir Ilich Ulianov, Lenin.

Todo nació en los despachos del Kremlin. Políticos, militares y científicos del régimen comunista de la URSS deciden que al Mar de Aral y, sobre todo, los ríos que lo alimentan, el Sir Daria y el Amu Daria, deben utilizarse para irrigar una vasta extensión de desierto para convertirlo en una de las más ricas plantaciones de algodón del mundo. Sabedores de que una sobreexplotación de los recursos fluviales podía terminar con el Mar de Aral en sí, llevan a cabo un ambicioso plan que discurre con toda prisa al construirse cientos y cientos de canales que desviaran las aguas de los dos grandes ríos nacidos más de 2000 kilómetros antes de su desembocadura en el “inmenso oasis entre dos desiertos”.

Cartel propagandístico de la URSS

El Mar de Aral era una especie de milagro, un hábitat con una rica biodiversidad en pleno Asia Central, repartido en dos países como Uzbekistán y Kazajistán. Era un regulador del clima de primer orden en una zona de por sí muy seca. Y, sobre todo, el recurso natural del que habían vivido en armonía distintos pueblos durante miles de años. Moscú, a miles de kilómetros, no se atuvo a más razón que la de sacar un beneficio inmediato a través de una industria agrícola que requería, sobre todo, de agua, de muchísima agua. Aunque pareciera una locura irrigar un desierto para plantar cualquier cosa, la maquinaria se puso a trabajar y muy pronto vio nacer campos de algodón con los que convertirse en una de las grandes potencias del sector. Pero la cantidad de los canales era tan grande, y los materiales tan pobres, que esa voracidad en unas prisas injustificables llevó a perder más del 70% del agua de los ríos por el camino.

Imagen antigua del Mar de Aral

Durante muchos años el Mar de Aral dejó de recibir el agua que lo alimentaba y, por tanto, empezó a evaporarse a pasos agigantados. Nadie abrió la boca cuando año tras año el nivel de este Mar interior disminuía considerablemente. En 1965 un alto cargo ruso dijo que “El Mar de Aral debía morir como un soldado en la batalla”. De los mismos tintes eran las declaraciones de los mandatarios de la URSS que tenían los datos encima de la mesa que aseguraban que a ese ritmo el Mar de Aral estaba destinado a desaparecer muy pronto. Otra frase escuchada en los pasillos del Kremlin fue la de “No podemos esperar favores de la Naturaleza, nuestro propósito es arrebatárselos”. Incluso los cienfíticos afines al régimen se vanagloriaban de estar con el progreso industrial a costa de los recursos naturales. Así un Presidente de la Academia de la Ciencia de Turkmenia aseguró lo siguiente: “Yo pertenezco a ese grupo de científicos que creen que secar el Mar de Aral aporta más ventajas que conservarlo”.

Campo de algodón en Uzbekistán

Lo peor era que mientras el nivel del Mar de Aral seguía bajando no hubo protestas por tan increíble atropello medioambiental. Hasta finales de los ochenta, cuando el lago había perdido más de una tercera parte de su caudal, y los problemas ya eran evidentes no sólo a nivel de biotopo sino también social, no hubo conciencia de que lo que sucedía en aquella zona de Asia Central era una absoluta catástrofe. Una vez cayó el telón de acero se empezaron a idear maneras de “recuperar lo que había” pero el daño estaba hecho y ni si podía ni se quería hacer nada.

Medioambientalmente hablando la desecación ha supuesto que se conserve menos de un 10% de su tamaño original. El Mar de Aral quedó dividido en norte y sur, siendo el primero más grande que el segundo. Esto ha traído consecuencias nefastas como la desaparición de numerosas especies animales y vegetales, algunas endémicas, e incluso un cambio de clima radical. La salinididad es extrema y ha volado a decenas de kilómetros matando zonas fértiles de los dos países protagonistas. Pero eso no es todo, se ha sabido de la utilización de fertilizantes muy fuertes para acelerar el crecimiento de las algodoneras que hoy en día suponen un veneno que se mezcla con la tierra y el viento. Las tormentas de arena, prácticamente incesantes, y la contaminación del agua y del aire ha multiplicado los casos de enfermedades respiratorias que antes apenas tenían presencia en la zona. Así la tuberculosis es un problema en aumento que afecta a un número grandísimo de pacientes. En el período 1973-1988 los enfermos de fiebres tifoideas se multiplicaron nada más y nada menos que por veintinueve. Lo mismo ocurre con las hepatitis y el aumento de los casos de muertes por cáncer.

Evolución del Mar de Aral

Y si en cuestiones de Medio Ambiente y Salud las consecuencias han sido extremas, económica o socialmente han sido igualmente nefastas. El desempleo y la falta de oportunidades han vejado a una población que tenía un futuro próspero por delante y que ahora ha tenido que abandonar pueblos y ciudades que vivían del lago. Pescadores, industrias conserveras, vendedores y un largo etcétera de conceptos asociados a lo que el Mar es capaz de proveer han volado con la arena y la sal contaminadas. Hoy en día el Karakalpakstán así como la parte que afecta a Kazajistán son zonas sumamente pobres con unos elevadísimos índices de paro.

Pobreza y enfermedad en lo que antes era el Mar de Aral y actualmente es el Desierto de Aral, el mejor ejemplo de lo que sucede cuando se sobreexplotan los recursos naturales y no existen planes de sostenibilidad medioambiental. Probablemente estemos hablando de la mayor catástrofe ecológica de la Historia. Pero ha tenido la mala suerte de encontrarse en una perdida esquina de la remota Asia Central y no importar a prácticamente nadie. Aún no se ha escuchado la palabra “perdón” a ninguno de los muchos jerifaltes que dejaron que esto ocurriera. A la vista de todo el mundo… no se hizo nada para evitarlo cuando era evidente que el Mar de Aral estaba destinado a desaparecer en pocos años, como así ha ocurrido. Larga vida al desierto

TESTIGOS DE LA CATÁSTROFE EN MOYNAQ

Habíamos conseguido en Khiva que uno de los pocos corasmios o khorezm que hablaban español en la ciudad, Izzat, nos llevara en el coche de su padre (con su padre como compañero) hasta el que era uno de los puertos más prósperos del Mar de Aral antes de que este empezara a bajar su nivel. Moynaq, que también se puede encontrarse en textos como Moynak, Muynak o incluso Mo’ynoq, es la ciudad en la que uno puede tocar el drama con la yema de los dedos y ver las consecuencias in situ de haberle sido arrebatado el mar de su litoral.

Imagen de Nukus (Uzbekistán)Aproximadamente son 367 kilómetros los que separan a Khiva de Moynaq, una distancia considerable tratándose de Uzbekistán y que se hace compleja, sobre todo, en transporte público. En ese caso habría que ir a la capital de Karakalpakstán, Nukus, una olvidada y desolada urbe soviética de bloques de hormigón, anchas avenidas y un olor a tubo de escape que enrarece el aire, y ver si algún destartalado autobús va hasta Moynaq. La vuelta sería similar. Dado que esto podía suponer varios días en el proceso decidimos negociar con Izzat, uno de los guías que se ofrecen a los turistas en la puerta principal (oeste) de la ciudad amurallada de Khiva y que habla un perfecto castellano, una ruta en coche que nos llevara hasta la propia Moynaq y posteriormente a Ayaz Kala para tener . Algo que supondría entre dos y tres días de viaje. Acordamos un precio total de 120€ (gasolina incluída) y salimos muy temprano, aún con el cielo poco iluminado, para no llegar muy tarde a nuestro destino. Era pleno julio y además el calor podía ser abrasivo tal y como suele golpear en esta época del año en las llanuras de Asia Central.

Invertimos aproximadamente 5 ó 6 horas de viaje. Se me hizo más rápido de lo previsto, aunque hubo tramos en que la carretera no se encontraba en demasiado buen estado. Y, sobre todo, cuando nos alejamos de la triste y gris Nukus, el panorama se fue haciendo más desolador, más vacío. Apenas algún negocio familiar, alguna casa desperdigada en una ruta que se sumergía en la soledad que había dejado a la zona la desecación del Mar de Aral.

Cartel de bienvenida a Moynaq

Recuerdo cuando llegamos a Moynaq y nos sorprendimos con el cartel de la entrada y el símbolo del pez que comentaba al principio como ironía del destino. A partir de ahí nacía una avenida con viviendas y edificios oficiales, todos del mismo estilo. Hormigón gris y algunos dinteles y ventanales de color azul, quizás como semblante de cuando hasta hace no mucho fue villa marinera. La estética no existía ni se la esperaba, al igual que la población local, que apenas se la veía paseando por la calle. Tan sólo en una especie de gasolinera y en la parada del autobús. El resto parecía desierto

Imagen de Moynaq

Hacía mucho calor a esas horas, pero no tanto como esperábamos. La pregunta era obvia, ¿pero dónde demonios se ha metido la gente? Moynaq, a pesar de haber disminuído su población, cuenta con más de 9.000 personas censadas, aunque cuando nosotros pasamos apenas vimos unas pocas saliendo de casa y en una apestosa tienda de alimentación en la que fuimos a comprar algo y nos encontramos con que tenían el género caducado y hecho un asco. Tan sólo pudimos sacar unas bebidas. Quedarse allí a dormir no parecía muy buena idea…

Imagen de Moynaq

Un cementerio de barcos de un Puerto con vistas al desierto

En Moynaq no hay nada que hacer. Apenas un par de hostales familiares de mobiliario caduco donde se va la luz cada dos por tres y un museo que abre cuando le parece. No tiene nada más. Aunque no hay que confundirse, el que viaja hasta allí no espera encontrarse con Samarkanda ni nada parecido. Espera visualizar frente a frente una catástrofe ecológica y social. No es un lugar turístico, ni mucho menos. Realmente es un rincón del mundo perdido al que muy pocos pretenden llegar. Aquel día, salvo nosotros, no vimos a ningún viajero visitando lo que Moynaq fue y ya no es.

Lo verdadermente interesante se encuentra a las afueras del pueblo, apenas a un kilómetro en sentido norte. Uno llega hasta una especie de acantilado que va a dar a un Mar que ya no está, que es un absoluto desierto. Cuando llegamos y nos bajamos del coche había una especie de triángulo de hormigón que hacía referencia a Moynaq y su mar antes y después de secarse. Junto a él planos explicativos de cómo ha ido bajando el nivel del agua hasta quedar apenas un 10% de lo que contuvo hace tan sólo 50 años.

Monumento conmemorativo en Moynaq

Mapa del nivel de agua del Mar de Aral en 2009

Entonces nos dirigimos al mirador, a lo que no hace demasiado debía ser un lugar para pasear con el agua casi al ras del suelo y los barcos amarrados en los muelles. Y allí nos quedamos petrificados, sin palabras. Como si una bomba hubiese explosionado en nuestro interior, arrebatándonos cualquier imagen previa del subconsciente. Aquello era más mucho más demoledor e impactante de lo que me había imaginado. Bajo nuestros pies una pendiente de en torno a 30 metros de altura y en el horizonte un vastísimo desierto donde corría el aire abriéndose camino. Todo aquello que era un mar, ahora es un llano inmenso, seco y polvoriento… Un ser vacío y silencioso.

Fotografía del Mar de Aral

Una fila de barcos oxidados se extienden de forma inútil en lo que parece un cementerio de antiguas naves. Al parecer hace años habían muchas más desperdigadas por aquel desierto, pero terminaron siendo desgüazadas como esos coches abandonados que no pueden avanzar un solo metro. El Mar está ya muy lejos de aquellos barcos, lo menos a 200 kilómetros. Imagináos una localidad con costa que conozcáis, con su paseo marítimo, su puerto, su playa.. Moynaq tenía todo esto, incluso recibía a gente proveniente de todos los rincones de Uzbekistán para pasar mejor los calurosos veranos. Era una ciudad turística, con niños jugando entre las olas, castillos de arena en la playa, una industria pesquera magnífica… y todo se esfumó con un par de decisiones tomadas desde un despacho a miles de kilómetros de allí. Ahora no hay nada, absolutamente nada.

Cementerio de barcos del Mar de Aral

Unas improvisadas escaleras nos permitieron tocar el fondo marino sin necesidad de aletas ni gafas de bucear. El calzado se interpuso fácilmente en el suelo arenoso en el que apreciábamos restos de anacrónicas conchas de mar. La intención era acercarnos a aquel cementerio de barcos abandonados que, en gran medida, simbolizan todo lo que allí ha ocurrido y está ocurriendo ahora. Porque esas naves eran de pescadores, de marineros a los que navegar era su fuente de vida. ¿Qué habrá sido de todos ellos? ¿Dónde estarán las lonjas, las conserveras, los vendedores de pescado en los mercados? ¿Dónde quedó el olor a brea y a salitre? ¿Y esa brisa marina que tanto alivia en los días de verano?

Barcos varados en la arena del Mar de Aral

Todo aquello murió, desapareció sin más dejando un escenario fantasma, mil torbellinos removiendo sal e infinidad de elementos tóxicos provenientes de fertilizantes y de experimentos bacteriológicos realizados en Islas como Vozrozhdeniye y Gruinard, de las que se sabe hay enterrados barriles con toneladas de antrax, entre otras cosas. La imagen de la desolación no me dejó interponer una sola palabra durante minutos. El único hablador era el viento…

Barco varado en la arena del Mar de Aral

Grotescos espectros oxidados y olvidados. El sarcasmo en forma de barcos sin agua…. Como un aroiris monocolor, triste… apagado. Lo que antes era un paréntesis de frescura entre dos desiertos, ahora es uno aún más grande y creado por la estupidez humana, la insolencia con la Naturaleza que nos rodea. Y el resultado queda a la vista… duele, golpea con fuerza a todo el que es consciente de que aquel ha sido el mayor castigo que se le ha podido ofrecer a un pueblo, o más bien a un Planeta.

Fotografía en uno de los barcos varados del Mar de Aral

Al jerifalte ruso que pronució la frase lapidaria de que “El Mar de Aral debe morir como un soldado en la batalla” probablemente le contestaría que no murió con honor, murió ejectutado vilmente, amordazado y por la espalda. Un asesinato a todas luces en el que muchos se dieron la vuelta para no mirar, ni si quiera opinar. Un entierro sin oración ni condolencias… un muerto arrojado a la fosa común del egoísmo y la incompetencia.

Barco varado en el Mar de Aral

La Naturaleza es sabia y no olvida, es más, toma la matrícula de todas estas cosas y después pasa la factura. En el caso del desastre del Mar de Aral lo ha hecho desde el primer momento y esto se pagará por los siglos de los siglos. Enfermedad, pobreza, cambio en el clima o abandono son palabras que van a sociadas a quienes viven el día a día de estar en un mar que es un desierto. Les han robado el futuro a muchos, nos han robado parte de la vida a todos…

Barcos varados en el Mar de Aral

De repente eché la mirada atrás para retomar la vista al mirador del que habíamos venido, a aquel triángulo de hormigón que señalaba al horizonte vacío en el que nos encontrábamos en ese momento. Entonces no sólo me percaté de la extensión de tierra sino también de la profundidad a la que estábamos. Era sobrecogedor pensar que justo en aquel punto elevado no hace mucho tiempo salpicaban las olas. Ahora es prácticamente un socavón hacia el mismo infierno.

Moynaq (Mar de Aral, Uzbekistán)

El de imaginar cómo fue toda esa zona, antes de que a unos incompetentes valoraran la idea de plantar algodón en un desierto a costa del Mar de Aral y los ríos que lo regaban, es un ejercicio cargado de toda lógica. El contraste del antes y el después es algo inevitable cuando uno se halla caminando acalorado en un fondo marino con barcos varados. Desaparecieron los peces, desaparecieron las gaviotas. Allí no había un solo ave surcando el cielo azul e hirviente en la plenitud del verano. Allí no se escuchaba el chapoteo de unos niños jugando en sus primeros baños en un mar que si antes les quedaba lejano ahora les queda imposible. Hubo un día en el que Moynaq pudo sugerir la palabra vacaciones… Hoy es silencio ventoso y desgraciada soledad.

Barco varado en el Mar de Aral

Entre aquellos esqueletos teñidos de herrumbre y los rasguños propios del tiempo vagamos durante un largo tiempo, escudriñando puertas y ventanas, recorriendo proas vacías y popas con desaliento. Izzat nos fue contando muchos detalles que desconocíamos en aquel amasijo de abandono, en aquel crater de bomba nuclear medioambiental. Cada frase, cada explicación era hiriente con el propio sentido común, con todo aquel que escuchara una historia de la que extrañamente no se habla todo lo que se debería.

En un barco varado de Moynaq, Mar de Aral

Una metáfora visual recurrente rondaba continuamente en mi cabeza. Era una bañera enorme a la que, de repente, alguien le quitaba el tapón y se vaciaba por completo. Y nosotros nos encontrábamos en aquella bañera reseca y carcomida por el viento seco y el salitre. Alguien le arrebató al Planeta un mar… Alguien sumó un nuevo desierto allá donde floreció la vida.

Barco varado en el Mar de Aral

Aunque en principio habíamos pensado quedarnos a pasar la noche en Moynaq en alguno de los alojamientos baratos que allí había, terminamos desechando tal opción y viajando hasta los pies de una vieja fortaleza Khorezm con objeto típica de los países de Asia Central. En aquel lugar tenebroso ya no podíamos hacer más que no olvidarlo mientras vivamos.

Cementerio de barcos en Moynaq (Mar de Aral, Uzbekistán)

EL VÍDEO DEL MAR DE ARAL

He preparado un pequeño vídeo con imágenes que grabé en Moynaq y que vale más que cualquier palabra que escriba.

Que el Mar de Aral descanse en Paz…

Sele

+ En Twitter @elrincondesele

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PD: Recuerda que puedes saber mucho más sobre lo que conlleva un viaje a Uzbekistán a través de una Guía práctica llena de consejos y datos sobre ruta, alojamiento, transportes, cambio de dinero, etc…

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